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Por Diego Bastarrica 06 septiembre 2017

Para las nuevas generaciones, esos campeones desde la cuna, esa maravillosa excepción a la regla, esa demostración empírica de que venían tiempos mejores, ir a una cita mundialista era un objetivo cumplido.

Durante muchos años, quizás como una cicatriz histórica, el fútbol se vivió en Chile con sufrimiento. Agonías, dramatismo hasta el último minuto, calculadoras en mano, decepciones, desahogos, celebraciones con dientes apretados y un sinfín de emociones que graficaban este permanente bamboleo. Hinchas, periodistas y medio futbolístico en general haciendo equilibrio en un barco frágil que navegaba por un océano siempre tormentoso.

Tiempos pretéritos en la mentalidad nacional en que la palabra “chaquetear” no era parte del vocabulario, básicamente porque el pesimismo era un deporte en sí mismo. Momentos pasados en que jugar de visita para la selección era sinónimo casi seguro de una derrota y quizás un empate. Diarios, radios y televisión eran trincheras de guerra, con misiles de grueso calibre para aniquilar la moral de nuestros “héroes” caídos en desgracia.

No existía la sequía en esa realidad, ríos de lágrimas inundaban el entorno. Por eso, clasificar a un Mundial era una proeza, ya que la línea divisoria nos tenía casi siempre en la cornisa de la decepción.

Para las nuevas generaciones, esos campeones desde la cuna, esa maravillosa excepción a la regla, esa demostración empírica de que venían tiempos mejores, ir a una cita mundialista era un objetivo cumplido.

Y razones para creer a rajatabla en ese dogma es esta extraordinaria generación de futbolistas que nos mantienen aferrados a la ilusión a pesar de todo. Esos mismos criados en el trabajo fundamental iniciado por el revolucionario Marcelo Bielsa y consolidado por Jorge Sampaoli, con los dos únicos títulos oficiales en la historia de nuestro fútbol a nivel de selección y con figuras superlativas a nivel mundial como Alexis Sánchez, Arturo Vidal y Claudio Bravo.

Qué duda cabe de que en esos nombres propios y en el juego de conjunto que consolidaron, se aceleró el quiebre con ese pasado de sufrimiento permanente.

Pero dicen que la historia es cíclica, que “nada es para siempre” y que “todo lo que sube tiene que bajar”. Clichés que revuelven la guata por lo básico, pero que encierran finalmente la realidad.

Porque aún cuando estamos vivos todavía y que esta selección seguramente puede ganar o rescatar al menos cuatro puntos en las dos últimas fechas eliminatorias, lo cierto es que el desgaste se nota, los errores se reiteran, el gol no aparece y las fallas del DT se acrecientan.

Sudamérica suda como siempre. La disputa será sin tregua y con cuchillos afilados y como ha quedado demostrado, cualquier cosa puede pasar. Argentina y Perú aparecen en el papel como los rivales directos por la cuarta plaza y el repechaje y ahí estarán los ojos puestos.

Semana triste en que además recordamos mucho a Nelson Bonifacio Acosta, ese bonachón DT uruguayo nacionalizado de Paso de Los Toros que con sufrimiento extremo nos devolvió la alegría más grande: volver a un Mundial de fútbol después de 18 años, criando con esa gesta a niños y una generación completa que aprendió a porrazos que la esperanza es lo último que se pierde.

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