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Por Juan José Rodríguez Arestizabal 07 agosto 2017

¿Qué pasa? ¿Es falta de ambición o a Mario Salas definitivamente se le acabaron las ideas? Las dos suenan mal y no cuadran con la realidad.

Lo del sábado fue una vergüenza. No sólo por el resultado, sino por la forma. Jugando mal, pegando patadas como equipo uruguayo al borde de la eliminación de un torneo y lo que es peor, sepultando definitivamente todo lo bueno que quedaba de un 2016 glorioso. El crédito se acabó y el Comandante entró definitivamente en zona de “default”. Es lo peor que hemos visto en los últimos tres años, tiempos en que “El Facha” sacaba bostezos y caras rojas de vergüenza cada vez que la UC saltaba al campo de juego.

Reinventarse tras el éxito no es fácil. Lo vivió la UC hace un año con un arranque de torneo paupérrimo que sus figuras supieron doblegar para regalarnos nuestro único bicampeonato. Se agudizó en el primer semestre de este año donde los rivales se negaban a alcanzar la corona y parecíamos tener una nueva vida cada fin de semana hasta morir en la orilla. La muerte definitiva llegó en Santa Laura, superados claramente por una Unión Española que con muy poquito nos ganó con claridad y serenidad. Ni siquiera el Mono Sánchez estaba de comodín para un “blooper” de emergencia.

¿Qué pasa? ¿Es falta de ambición o a Mario Salas definitivamente se le acabaron las ideas? Las dos suenan mal y no cuadran con la realidad. Un equipo relativamente joven como el cruzado no puede carecer de lo primero, y lo segundo cobra sentido sí y sólo sí uno tratar de ver una idea implementarse. “No jugamos a nada” es una frase manoseada, llena de “cartón” pero sencillamente no queda otra conclusión. Si Carlos Espinosa es tu mejor jugador, seguido de Cordero, uno que lleva cinco años dando la hora –pero de los mejores en ambos partidos del torneo- es porque el mensaje no es claro. Nos quedamos sin laterales y los reemplazos –ya sea en términos de nombres o de variantes sobre los mismos- no cuajan. Somos incapaces de generar una jugada de equipo que nos lleve a concretar y la defensa termina siendo un festival de errores e infantilismos que no son dignos de la camiseta de Universidad Católica.

Si Aued vino a pegar queriendo ganar partidos como los equipos argentinos de los años setenta mejor démosle minutos a Carlos Lobos. Si Silva se dejó crecer el pelo para embocarla no le resultó. Y si Buonanotte sigue creyendo que el último enganche le va a resultar en su intento número 300 seguiremos vírgenes de gol. Los rivales conocen todo lo nuestro, más incluso que nuestros propios jugadores, quienes sencillamente no se encuentran en la cancha para darle más de tres toques al balón. Jeisson Vargas está demostrando el por qué lo largaron tan rápido desde La Plata, ya que su intrascendencia y nulo despliegue sencillamente no es normal para un jugador de diecinueve años. El talento es sólo el veinte por ciento de un jugador, y lamentablemente en el fútbol la regla del 80/20 no aplica. Si no mejora radicalmente, no será más que otra lámina en el álbum de las futuras promesas. Uno que va mejor encaminado es Benja Kuscevic pero su irresponsabilidad lo hizo retroceder varios pasos: nada es peor que dejar a tu equipo con un hombre menos –faltando varios minutos- en una jugada totalmente evitable al borde de la cancha. Entendiendo que Lanaro es un fijo en el once del viñamarino, acciones como esa sólo servirán para despejarle el camino a su tocayo Vidal.

El miércoles no sólo hay que clasificar. Si queremos aspirar a al menos competir en el torneo nacional, hay que jugar bien, ganar con convicción y hacer todas las tareas pendientes antes de enfrentar al puntero del campeonato. Mientras antes dejemos de parecer la sombra del equipo de Falcioni mejor, pero sin ilusionarse mucho ya que las bases no están para pensar en grande.

¡Vamos Católica!

 

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