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La columna de Bastarrica: La verdadera revolución del paso de Marcelo Bielsa por Chile

Por Diego Bastarrica 09 agosto 2017

Encuestas y extensas notas para resaltar que Bielsa por lejos es la “roca” en la que se fundó la nueva iglesia chilena del fútbol. Jóvenes, viejos, entendidos y escépticos que prenden velas a nuestro verdadero libertador.

“Considero mis tres años y medio en Chile como un regalo de la vida, aprendí a amar la vida acá, también estando aquí. Estoy orgulloso de haber vivido en este suelo, sé positivamente que soy yo quien pierde al irse. A los futboleros en general, y si se me permite a los chilenos en general, quiero decirles muchísimas gracias”, Marcelo Bielsa, 4 de febrero de 2011.


El Vaticano del periodismo deportivo chileno está preocupado en los últimos días, no entienden desde sus cúpulas de mármol sagrado que la “gente”, el “hincha” y algunos otros hablemos más allá del fútbol. No cabe en sus paladares de expertos esa mancha negra que significa mezclar lo que pasa en los noventa minutos con la sociedad, la política e incluso con las relaciones interpersonales.

Son signos de debilidad, mediocridad profesional, consuelos necesarios para el linchamiento público. Todo lo inmaculado de la escuela argentina que nos legó Marcelo Bielsa sólo debería traducirse en lo que ocurre en la cancha, más allá de ese paisaje salvaje donde pululan seres nauseabundos de sangre, cahuines y borracheras extra futbolísticas.

Lo cierto es que esta semana nuestros queridos medios de comunicación han recordado la piedra fundacional que significó el arribo hace 10 años del “Loco” rosarino para hacerse cargo de la selección chilena.

Encuestas y extensas notas para resaltar que Bielsa por lejos es la “roca” en la que se fundó la nueva iglesia chilena del fútbol. Jóvenes, viejos, entendidos y escépticos que prenden velas a nuestro verdadero libertador.

Y en la misma delgada línea del análisis futbolístico por lo que pasa en la cancha y por los resultados, vaya que Bielsa cambió a una generación de jugadores: los limó, les dio sustento, táctica, orden, disciplina y esa motivación por el trabajo para cuantificar sus capacidades profesionales al mil por ciento.

Pero en esa esfera de lo estrictamente futbolístico, otros entrenadores también podrían decir que están en ese mismo escalón. Claro, otros tiempos dirán algunos, pero no menos importantes en la configuración total del mapa de nuestro siempre humilde balompié.

Y ahí en esa misma estela están Fernando Riera, Luis Alamos, Mirko Jozic, e incluso don Nélson Bonifacio Acosta que con una selección de sólo dos extraordinarios futbolistas como Iván Zamorano y Marcelo Salas, logró construir un equipo alrededor de eso para clasificar a un mundial después de largos 26 años.

Pero claro, el oriundo de Paso de los Toros era bonachón y “poco estudioso”, dado a la hiperventilación de sus pupilos y pedestre en sus formas. Cero sofisticación que tanto molesta a ese sector esnob del periodismo deportivo.

Qué duda cabe que Marcelo Bielsa es quizás el mejor entrenador que ha tenido la selección chilena de fútbol; por sus métodos, por su exhaustividad para no dejar detalles al azar, por llevar hasta el paroxismo sus ejercicios tácticos en los partidos y por rescatar la forma y el fondo como un todo.

Sin embargo, hay otra virtud fundamental del paso del “Loco” por Chile: su capacidad de reencantar a una sociedad fracturada por las frustraciones y para hacerlo no sólo fueron sus largos discursos y la belleza de su selección sobre la cancha, sino inmiscuirse con verdadera curiosidad de alma libre en la vida íntima de este país que lo recibió como un mesías.

Ahí en esos gestos cotidianos, en su solidaridad y generosidad silenciosa, en sus potentes demostraciones políticas y por sobre todas las cosas en la humildad, domesticó a un pueblo dispuesto a creer más allá.

Es justamente en esa cornisa molesta, en esa comezón permanente, en ese ninguneo por la vereda que está más allá del fútbol, donde Bielsa hizo verdadera escuela. Nos llamó a todos sus discípulos a hablar, vivir y sentir esta pasión más allá del resultado del domingo y el diario del lunes. Nos convenció de que amar algo significa trabajo y mucho estudio. Sin quererlo nos ilusionó y acá estamos: viviendo el fútbol, más allá de los noventa minutos, con el eslogan folclórico de que “todo es cancha”.

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