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La columna de Bastarrica: El adiós silencioso

Por Diego Bastarrica 23 agosto 2017

Lo de Milovan Mirosevic es una excepción en este mundo donde como decía Buddy Richard: “jugué a ganar y sólo he conseguido un puesto en el reparto del olvido”

“Así cómo llegué al fútbol, me voy en silencio. Les doy las gracias a mi familia y a toda la gente que siempre me apoyó. Gracias a todos”, Rafael Celedón, ex volante de Melipilla, Puerto Montt, Cobreloa, Coquimbo Unido, Unión San Felipe, Santiago Wanderers, San Luis, Iquique y San Marcos de Arica.

“Me guardo mis afanes de grandeza
Jugué a ganar y solo he conseguido
Un puesto en el reparto de tu olvido” Buddy Richard, Mentira


Hay una fracción de segundos en la vida que determinan el fin; momento de quiebre emocional donde el cuerpo, la mente y el espíritu piden cambio para siempre. Fría y sudorosa mirada hacia el banco que determina un punto de no retorno, metros de recorrido para salir de ese rectángulo de pasto que ha sido toda una vida y el tenso momento de escuchar: aplausos, pifias o quizás simplemente nada…sólo contemplar el pacífico silencio que hace el último llamado.

Así son los finales generalmente: de inesperadas reacciones y de procesión interna. Para muchos también un viaje sin rumbo. ¿Qué pasará después de colgar los botines? ¿Dónde irán a parar las horas del día? ¿Cuantos goles, atajadas, patadas y pases imaginarios se darán en la mente libre de pasto?.

Este lunes y entre lágrimas, rodeado de sus compañeros de vida y profesión, Milovan Mirosevic no dio más de sus dolencias y decidió anunciar su retiro.

Sin poder hilar una frase sin sollozos, el noble jugador que debutó a los 18 años con la UC y que totalizó 338 partidos en clubes, 96 goles, 25 veces titular con la selección chilena, tres goles con “La Roja”, uno inolvidable a Argentina en el Monumental de Núñez, clasiquero a morir por Los Cruzados y quien patentó el signo de la franja en el pecho, dijo adiós flanqueado, protegido como ídolo, con el rimbombante aplauso de todos los presentes y con el recuerdo ya vívido de toda una hinchada que nunca lo dejará en el panteón del olvido.

Pero lo de Milovan es una excepción en este mundo donde como decía Buddy Richard: “jugué a ganar y sólo he conseguido un puesto en el reparto del olvido”. Porque así en esa silenciosa omisión, en la más anónima oscuridad es que muchos ex futbolistas abandonan las canchas y estadios que algún día les dieron trascendencia a sus vidas.

Ahí en ese nuevo túnel en que se transforman sus existencias, deben buscar nuevamente la luz, saltar en otro terreno de juego, indómito, salvaje, cruel, de pura sobrevivencia.

Unos con más suerte que otros lograrán superar la barrera de la melancolía y se reinventarán para seguir los próximos 90 minutos dando la pelea. Otros no tendrán la misma fortuna y es posible que salgan lesionados ante las feroces patadas que suele pegar “esta vida perra que es lo que nos tocó…poniéndole el pecho a las balas no más”.

Lo único seguro, es que en esa inmensa noche esos “ex” volverán a brillar fugazmente como estrellas; ahí en la penumbra pasarán los recuerdos de otros como halos luminosos. Siempre alguien dirá: “Te acuerdas de….ese que jugaba de puntero derecho…era lentito, pero hacía lindos goles”.

Después de eso volverá el largo silencio, el olvido y el ocaso de los aplausos. Milovan es un privilegiado.

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