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La columna de Bastarrica: Marcelo “Chile” Díaz

Por Diego Bastarrica 03 julio 2017

Porque en ese arranque de lágrimas, en ese brote de culpa de Marcelo Alfonso Díaz Rojas, está la cicatriz eterna de Chile

“El error personal ha sido muy grande y nos ha privado de conseguir una nueva copa para Chile. Me toca sufrir en este momento, pero no tengo duda que me voy a levantar”, Marcelo Alfonso Díaz Rojas.


Existe una condición especial en física e ingeniería que se llama “resiliencia”: “capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”. En nuestro Chile, esa palabra significa otra cosa mucho más humana: “es la capacidad para ponerse de pie una y otra vez luego de los golpes de la vida y de los desastres de la naturaleza que azotan nuestra pedestre cotidianeidad”.

Somos una nación de gente que resiste y se hace fuerte en esa condición, porque los puñetes que recibe son varios, contundentes y han sido institucionalizados por un sistema político-económico macabro.

Pero no es sólo el contexto hostil el que golpea, ya que las vidas individuales y únicas de cada habitante también se configuran de esas tristezas y momentos de dificultad; de la visita de la muerte, la enfermedad y el hambre y también de los momentos inexplicables donde sólo queda la maldición al cielo para desahogar como decía Violeta que en “nuestro Arauco personal” tenemos una pena.

Estábamos esperanzados, con ganas de celebrar, de abrazar a los que teníamos cerca, de hacer catarsis colectiva, y de sentir orgullo infinito. Había en el ambiente un espíritu de gratitud y de abrir nuestras sonrisas para seguir danzando de alegría con esta selección.

Sentíamos y seguramente lo seguimos sintiendo, que los alemanes no son más que nosotros y que como nunca antes una generación extraordinaria de jugadores nos demostraba que ganar es el único resultado, porque nunca más hemos tenido miedo, porque nunca más saltar a una cancha de fútbol era esperar los primeros quince minutos para saber qué podía pasar, porque nunca más habrá un estadio en el mundo donde no resuene a capella el “o la tumba será…DE LOS LIBRES, o el asilo contra la opresión” y porque nunca más perderíamos la compasión y el abrazo fraterno y de contención cuando uno de los nuestros sufre la desgracia.

Duele como una fractura en la tierra el error de Marcelo Díaz. Se siente el remezón y el derrumbe en el alma de hincha. Se sufren los minutos después del gol alemán como una agonía y después del pitazo final…después de ese momento…todo se torna contemplativo a nuestro alrededor; he ahí el cuerpo de un pueblo en el suelo, sucio y estropeado por las lágrimas, pero con la mueca inmediata de volver a erguir la cabeza para ponerse de pie.

En esa tristeza genuina, en esos 14 años de sufrimiento familiar que ya lleva a cuestas el corazón de Marcelo, en esos años de exilio y crecimiento en La Serena y en este error que le brindó a una mezquina Alemania el título de la Copa Confederaciones se encuentra la historia de todos nosotros también.

Porque en ese arranque de lágrimas, en ese brote de culpa de Marcelo Alfonso Díaz Rojas, está la cicatriz eterna de Chile. Esa marca de vida que es sello de nuestra naturaleza primitiva.

Resiliencia para volver a creer, para ver a los ojos la propia existencia y para preguntar e invadirse de dudas. Pero resiliencia sobre todo para poner otro grano de arena a ese momento cúlmine donde nos tocará cerrar los ojos para siempre en paz. Así cuando llegue el descanso estaremos preparados, porque sabremos que la lucha no fue en vano. Resiliencia que hoy tiene el rostro destruido de Marcelo Díaz. Resiliencia que es esperanza y resiliencia que es Chile resistiendo en revolución al paso del tiempo.

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