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La columna de Bastarrica: La verdadera enseñanza del fracaso de la selección de 1982

Por Diego Bastarrica 14 junio 2017

Eran otros jóvenes los que se ilusionaron hace 35 años: Espíritus con una rebeldía distinta, apaleada y apagada por un sistema asqueroso

“Nos vamos en el carro de los desconocidos y volveremos en el carro de la victoria”,

“Todos hablan de los favoritos, Brasil, Argentina, Alemania, pero mucho me temo que entre los cuatro primeros estará Chile”, Luis “Locutín” Santibáñez, entrenador de la selección chilena en el Mundial de España 1982.

“Si no pueden obtener el máximo, sé que van a entregarse al máximo”, Augusto Pinochet a la selección chilena antes de partir en recepción en La Moneda.

“Todo el mundo creía, la gente y los jugadores, de que se podía ganar el Mundial”, Elías Figueroa.

“Pedimos premios por ser campeones”, Carlos Caszely


Nací un 6 de febrero de 1982, año extremadamente difícil en Chile. Crisis económica, dictadura, y tonos grises alrededor. Y en esa oscuridad, el único rayo centelleante de esperanza venía de una selección de fútbol, o al menos eso es lo que la gente quería creer con mucha fuerza para aferrarse a lo sobrenatural y resistir.

Óscar Wirth, Lizardo Garrido, René Valenzuela, Vladimir Bigorra, Elías Figueroa, Rodolfo Dubó, Eduardo Bonvallet, Carlos Rivas, Juan Carlos Letelier, Mario Soto, Gustavo Moscoso, Marco Antonio Cornez, Carlos Caszely, Raúl Ormeño, Patricio Yáñez, Manuel Rojas, Óscar Rojas, Mario Galindo, Enzo Escobar, Miguel Ángel Neira, Miguel Ángel Gamboa y Mario Osbén eran los gladiadores que ponían rostro a esa ilusión. Y en el Olimpo, Luis Santibáñez, guiándonos con su locuaz mirada ganadora.

Se había ganado el Grupo 3 de la Clasificatoria Sudamericana con holgura, invictos, con siete puntos y dejando en el camino a Paraguay y Ecuador. Eso…sólo eso bastó para una algarabía desproporcionada.

Pero…¿Cómo culpar a la gente?. ¿Cómo pedir equilibrio en los sueños? ¿Cómo no empatizar con una de las pocas vías de escape que tenía esta sociedad reprimida?. Si hasta la Bolocco era ídola nacional por su belleza y “Sábado Gigante” nuestro máximo orgullo.

Es fácil en retrospectiva criticar a la prensa de la época y al pueblo por la emoción que generó el Mundial de “Naranjito”. Claro…hoy somos “ganadores” y las expectativas son siempre de campeones. Se olvidó la travesía por el desierto, cuando el eslogan político de moda en esos turbulentos años nunca llegaba para el hincha: ¿La alegría en el fútbol cuándo?…

Y esa es quizás la primera enseñanza de este tortuoso recuerdo: Medir la época de ese fracaso con la mirada histórica. Porque el triunfalismo en la previa era más que una ilusión. Era la respiración jadeante y desesperada por salir de la mierda un rato. Aún cuando al carro se hayan subido por supuesto esos mismos que nos tenían en las tinieblas.

Pero claro, la moraleja del tiempo es cómo evitamos los triunfalismos, cómo somos equilibrados también en el éxito, más allá de la mentalidad ganadora. Y esa quizás es la forma de verlo ad portas de la Copa Confederaciones con por lejos la generación más potente del fútbol chileno.

Es normal que los más jóvenes y los que crecieron con Vidal, Alexis, Bravo, Medel y compañía, le hayan perdido el miedo a la mesura…dicen ellos que la cautela es un asunto de viejos amargados y perdedores. Pero ojo, usar el retrovisor también es bueno y ahí vemos que eran otros jóvenes los que se ilusionaron hace 35 años: Espíritus con una rebeldía distinta, apaleada y apagada por un sistema asqueroso.

Ellos, los iluminados del pasado, los que querían abrazar la gloria como quimera, los que pensaron en grande, se pegaron tan feo y de bruces con la realidad, que nos recordaron que el pedregoso camino no era asunto de una racha.

He ahí la mayor virtud del fracaso de España 1982, recordarnos continuamente que la vida se constituye de alegrías, tristezas, éxitos y periodos negros y que no hay eternidad en la cosecha triunfal. Porque la riqueza es justamente volver a ponerse de pie una y otra vez.

Acá es donde saldrán de nuevo los que ilusamente quieren ganarle siempre al cruel destino, inflando de humo el ambiente de que con trabajo y disciplina nunca más volveremos a ser perdedores. No asumir la posibilidad es nuestra mayor debilidad, sobre todo ahora que vemos el ocaso de la luminosa estrella fugaz que nos legó Marcelo Bielsa.

Hace 35 años decía la cortina musical de ese templo sabatino de Don Francisco: “En siete días más verás que aquí disfrutarás y te reirás, con regalos y risas, emoción y sorpresas”. Así era la cosa en 1982, cuando cada 7 días podíamos escapar de la mierda con un teatro de lo absurdo, con un bestiario lleno de ruletas y bromas. Por eso…la ilusión de campeonar en España era lo más lógico, lo más sensato, lo más justo, aunque la preparación haya sido un asco y aunque nuestra selección no fuera digna. Eran los gladiadores del pueblo…hasta que un penal se fue desviado. Cruel destino, como la vida misma…

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